Poderes psíquicos

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Se denominan poderes psíquicos o mentales a las diferentes capacidades que permiten percibir fenómenos ocultos a los sentidos, manipular la mente de otras personas o, incluso, alterar la realidad física, todo ello con el poder de la mente.

Tabla de contenidos

Origen de la creencia en los poderes psíquicos:

El origen de la creencia en los poderes psíquicos como algo plausible proviene de los dudosos experimentos de J.B. Rhine, en la universidad de Duke en Carolina del Norte (EE.UU.), en los que se investigaron fenómenos de percepción extrasensorial.

Sin embargo, y pese a que los resultados de Rhine hacían aventurar la existencia de un presunto poder de la mente, estos experimentos fueron posteriormente rechazados por la comunidad científica, al no poder reproducir sus resultados y al revelarse que había habido sesgos en las muestras e incluso manipulaciones en los resultados.

Los poderes psíquicos en la ciencia ficción:

Si consideramos la ciencia ficción dura como el patrón de lo que debería ser la ciencia ficción, está claro que los poderes psíquicos no tendrían hoy en día cabida en ella. Sin embargo, muchos relatos de ciencia ficción de los años '40 y '50, cuando los experimentos de Rhine y los libros publicados por Charles Hoy Fort eran aún recientes, estaban plagados de seres con estos poderes.

El descreimiento posterior de estos experimentos y la necesidad de una cierta plausibilidad dentro del género, han desplazado a los relatos de poderes psíquicos hacia los ámbitos del terror o la fantasía ya que, salvo en casos excepcionales, los autores rara vez han encontrado un mecanismo que justifique claramente los poderes que articulan sus historias.

Hay que señalar que no es extraño encontrar obras de fantasía o ciencia ficción que, valiéndose de la asunción por parte del protagonista de poderes psíquicos, defiendan la diferencia y huyan de la homogeneización a la que tiende frecuentemente la sociedad actual.

Existen numerosas obras que tratan el tema de la difícil elección entre la adaptación social o la defensa de los caracteres que quizás nos marginan pero que constituyen parte sustancial de nuestra personalidad, como sería el caso de estos telépatas y psíquicos. Pero también existen obras mucho más realistas, en el sentido de posibles, sin necesidad de recurrir a estas fantasías. Por ejemplo en La velocidad de la oscuridad (2003) de Elizabeth Moon, donde el debate se centra en la cura de una enfermedad indisolublemente unida a la visión del mundo del sujeto como es el síndrome de asperger.

Pero, en definitiva, prácticamente todos los fenómenos paranormales han tenido cabida en algún punto de la historia de la ciencia ficción, con un mayor o menor respaldo teórico según el autor se sintiera más o menos inclinado a justificarse. Así, entre la gran diversidad de exóticas habilidades mentales, se pueden trazar dos grandes grupos de poderes, según sea el objeto sobre el que actúan.

Poderes puramente mentales:

Entre los poderes puramente mentales (aquellos que se limitan a interactuar a un nivel puramente psíquico, como la percepción extrasensorial o la manipulación de la voluntad) el más habitual es el de la telepatía. Los telépatas son relativamente frecuentes en la ciencia ficción, apareciendo en obras como El hombre demolido (1952), Muero por dentro (1972), Desafío total (1990)...

No es tan frecuente ver obras en los que aparezcan otras formas de poderes psíquicos y que sean dignas de ser considerados ciencia ficción. Pese a ello, tenemos excepciones como la Dune (1965), donde la precognosciencia juega un papel fundamental.

En Minority Report (1956), de Philip K. Dick, se especula también acerca de las implicaciones de unos seres precognoscientes. Sin embargo, la posible predicción del futuro no es más que la excusa del relato, más afín en realidad a la paradoja de la información que se deriva de los Viajes en el tiempo.

Poderes que alteran físicamente la realidad:

A parte de las mencionadas telepatía y precosciencia, podemos encontrar telekinesis y teleportación en numerosas obras. No obstante, estas capacidades meramente físicas no han desatado tanto la imaginación de los escritores especulativos como las anteriores. La telepatía y el conocimiento anticipado del futuro ofrecen posibilidades éticas y morales, cuando no paradojas, mucho más suculentas intelectualmente.

Las habilidades físicas, por muy extraordinarias que sean, suelen ser campo para las historias pulp y la Space Opera, terreno más propicio para productos adolescentes. La posesión y uso de devastadores poderes extraordinarios, adquiridos sin esfuerzo, es una no tan secreta fantasía de muchos jóvenes que padecen las frustraciones de la conversión a adulto. Las responsabilidades se multiplican sin que en apariencia se les conceda mayor autonomía. Apenas están empezando a entender por fin la vida cuando todo a su alrededor parece confabularse para someterles a un futuro que normalmente no desean. Y en adición a esta desproporción entre responsabilidades y libertades, está el engorroso aspecto de los cambios corporales. La frustración y la agresividad de esta etapa son paradigmáticas. Y en este panorama, los poderes físicos encajan como un anhelo de control (no necesariamente de orden) apenas disimulado.

Un buen ejemplo de esto puede ser Akira (1982). Si bien no escapa de manera general al esquema de una historia de aventuras, la gran imaginación y sentido estético de Katsuhiro Otomo consiguió convertir una obra de temática habitual de adolescentes con poderes en una epopeya que conjuga casi todos los temas habituales del ciberpunk.

Mención especial merece Las estrellas mi destino (1956), de Alfred Bester. En esta novela, adelantada al ciberpunk, Bester realiza un ejercicio muy ilustrativo de cómo la generalización de un poder como el teletransporte puede significar cambios extremadamente profundos en la sociedad, devolviendo a la ciencia ficción al terreno de la especulación.

Parapsicología, esoterismo y espiritismo:

Aunque su frontera es muy difusa, los poderes mentales o psíquicos no deben confundirse con los poderes paranormales o el esoterismo.

Los fenómenos paranormales son, por definición, científicamente inexplicables. Así pues, por aplicación al contexto que nos ocupa, cuando el poder extraordinario que describe un autor no viene acompañado de alguna explicación o argumentación científica, estaríamos hablando de parapsicología.

En principio, el esoterismo tampoco sería una cualidad de la ciencia ficción, ya que esotérico quiere decir que es impenetrable o de difícil acceso para la mente. Sin embargo, la versatilidad del género permite incluso la creación de obras de ciencia ficción dura basadas en temas esotéricos, como sería el caso de la existencia de una tercera dimensión para los habitantes de Planilandia (1884), la obra de Edwin Abbott.

Pero no cabe ya ninguna duda de que nos encontramos ante una obra más afín a la fantasía que a la ciencia ficción cuando por ella empiezan a pulular espíritus o se hace uso de la magia para contravenir las leyes naturales sin mayor explicación.

En último término, la asunción de que nos encontramos ante un fenómeno natural pero inexplicable para nuestro nivel científico actual es una prerrogativa del autor, una triquiñuela con la que se pretende dar plausibilidad a fenómenos carentes de base y a los que el autor ni siquiera ha sabido o se ha molestado en dotar de una excusa coherente.

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